- ¿No te gustaba las cosas que me hacÃas?
Incrédula ella. ¡Por supuesto que si! Sólo que, por razones obvias, ya no podrÃa admitirlo. A mi ya me gustaba otra chica y mi intención era decirle que todo debÃa quedar en el pasado. Ya no querÃa volver a este vórtex de sacadas de vuelta, amigos cariñosos que se encuentran en las noches sólo para copular y luego fumarse un porro.
A pesar de todos los beneficios que sacábamos de manera mutua, era menester terminar con esto.
No le respondÃ.
- Eso significa que no, supongo. Porque a mi sà que me encantaban.
Seguà sin responderle. Estaba ocupado pensando cómo decirle que ya no querÃa nada… y la mismo tiempo me daba mucha risa mi actitud. Siempre les digo a mis amigos que la salida más fácil de un problema es enfrentarlo a lo macho. Pero, en este caso, como siempre dicen ellos, era distinto.
Fue un paso muy grande…
- ¿Te has quedado dormido? – dijo, con una pizca de empinchación… si existe el término.
- No, para nada – le dije. – Aunque deberÃa, porque mañana tengo clases.
- ¿Y desde cuando tu acá te has vuelto responsable? – replicó en son de broma, pero ya con signos de estar enojada.
- Desde que dejamos de vernos.
Ouch. Golpe franco directo. Tarjeta amarilla, señor árbitro. Ese fue mi primer kechi de la noche. El primero de varios.
¡Y cómo no ibas a estar dolida, mi querida Paulita! Si uno de tus caballos de troya era el guiarme por el mal camino. Siempre lo habÃas hecho… y yo como idiota siempre estuve como perrito faldero, oliéndote por debajo de tu falda.
Esperaba que me cortara el teléfono. El sueño ya hacÃa estragos en mi pensamiento.
- ¿Esperabas que te colgara con eso? Vas a tener que hacer mucho más para lograr que me enoje contigo.
Si hay algo en el que ella si era muy buena era en saber cómo regresarme la pelota. Me conocÃa tan bien. SabÃa de qué pie cojeaban mis argumentos, porque ella misma me habÃa enseñado a hacerlos. ¡No saben lo difÃcil que es enfrentarse contra alguien que te conoce tanto!
- Vamos, papi, dame algo duro – me retó.
- ¿Qué quieres que te diga, Paula? – le respondà de manera indiferente.
- Yo se que aún me amas. Lo puedo sentir.
Evidentemente, sonreÃ. Porque en cierta forma era cierto. No podrÃa dejar de quererla nunca. Simplemente porque fue una parte muy importante de mi vida.
- Sabes que siempre lo haré, cojuda, pero ahora es distinto.
Si… no pude hacerlo. Bajé la guardia y ella aprovechó, diciéndome.
- Te conozco demasiado bien. Sé que me estás esperando… y que esta chica es una simple excusa.
Gol. Vamos 1 a 1.
Quizá por sólo un instante me hizo dudar. Pero luego reflexioné: esa era su verdadera intención. Recordé que a todas las mujeres siempre les gusta tener a un hombre que se muera por ellas. Ya me habÃa pasado con dos chicas antes. Pero con esta… toda la vida. Y no las culpo… es su naturaleza. Nos tienen rondando, orbitándolas, a la espera de cualquier recaÃda del firme. En nosotros encuentran consuelo temporal y de ahà vuelven al firme para que las siga maltratando.
Pues, a esa técnica ya la conocÃa. Paula me la querÃa seguir aplicando.
- Pues, no creo que sea una excusa. – le dije, de manera calmada – Porque cuando estoy a su lado, ya no pienso en ti.
- Eso quiere decir que ya no me quieres.- respondió.
Con esa frase puso la bola de nuevo en mi cancha. No sabré si es que ella se habrá rendido, o quiso emplazarme, pero tuve la oportunidad y no la quise desaprovechar. Yo querÃa cerrar esa puerta. Ya no me querÃa seguir encamando…
- Si eso quieres que te diga, pues si. Paula, ya no te quiero.
Tags: Amistad Amor Ruptura
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November 13, 2006
Ralemnte muy en lo cierto, siempre queremos que se mueran por nosotros, no importa si al final eso nos perjudique al decir que ya no nos quieren.. ego de mujer diria yo.. que maldicion!
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