May 13
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Feliz día, Mamá.


En este día de las madres, quiero saludar de manera muy especial a la mía que tanto me ha sabido comprender. Sabe mi mamá que para mi lo importante es el sentimiento que siento por ella todos los días y que no necesito un día especial para decirle lo mucho que la amo y que no sería el hombre que soy si no fuera por ella.Estas fechas son muy especiales en mi familia, ya que tenemos la suerte de tener también viva aún a mi abuelita Amelia, que tiene 90 años y hasta ahora sale a caminar, correr, cocina, reniega y nos da consejos.También dentro de tres días es el cumpleaños de mi padre, Justo Manrique, que también es el que me impulsa hacia adelante.No sería nada sin ellos. Por eso, quiero compartirles esto que escribí para Cafetera Digital:

Quizá cuando los primeros visitantes lleguen a este humilde blog se pregunten el por qué del nombre. Y no los culpo: “carbonerito” no es un nombre común, pero si harto conocido entre los melómanos. Es el título de una canción del Gran Combo de Puerto Rico, la Universidad de la Salsa. Pero para mi tiene un significado muy particular y especial. 

Yo nací el 4 de Marzo de 1985, hijo de Justo Ernesto Manrique Aragón y Jesús María Urbina Lecarnaqué. El, arequipeño nacido por accidente en Lima y ella, piurana que llegó a la capital de la mano de su padre, quien buscaba un mejor futuro, como muchos otros provincianos que llegaron a la capital al término del gobierno del General Odría.

Don Justo es un hombre alto, de tez blanca, cara ovalada, ojos pequeños, frente amplia y cejas delgadas. Su gran nariz y su contextura delgada le hicieron valer los apodos de “Super Tribi” de adolescente y otros más frescos le llamaban “Lonchera de perro”: por puro hueso que era. De mirada picarona y voz diligente, mi padre se caracteriza por su afabilidad y empatía con las personas, además de ser un hombre recio y luchador incansable.

Mientras tanto, doña María es una mujer bajita, morena, cara redonda en la que sobresale sus ojos negros, su sonrisa amplia y sus labios carnosos… lo que, en criollo, se llama “bemba”. Tímida por naturaleza, pero valiente al defender sus ideas y trabajadora incansable. Por ser la hija mayor, tuvo que ayudar a  su segunda mamá, mi abuelita Elvira, a criar a sus siete hermanos menores.

Ellos son los autores de mis días. Ambos se conocieron alrededor de 1969, cuando ingresaron a la Universidad Garcilaso de la Vega. Ambos habían ingresado a la especialidad de Psicología, por lo que era cuestión de tiempo que se conocieran.

Según como ellos cuentan la historia – y si la memoria no me falla -, mi madre iba bajando por las escaleras a todo pique, ya que tenía que ir rápido a su casa, pues era de noche. Mi papá, otro distraído, iba subiendo sin mirar hacia adelante. Justo en el descanso del segundo piso de la facultad, ambos se chocan y mi mamá deja caer todos sus papeles. Mi padre, asustado, rápidamente se agachó a recojer el tremendo desorden que había ocasionado… como hubiera hecho cualquier persona.

Al levantar su mirada, la vió. Mi mamá era mucho más delgada en ese tiempo.

- Perdona el desorden – dijo mi papá con voz temblorosa -. No estaba fijándome por donde iba.
- No te preocupes. Mas bien gracias por ayudarme – respondió ella, abrazando sus libros y un poco intimidada.
- Me parece haberte visto en clases. ¿Estás en mi horario?
- Creo que si llevamos algunos cursos juntos…

Mi madre cuenta que estaba nerviosa, ya que no había tenido mucho contacto con muchachos, a excepción de sus hermanos y los amigos de ellos en el barrio.

- ¿Estás de salida?
- Si, tengo que ir a mi casa. Mi papá me espera para cenar.
- Te acompaño hasta la puerta de la facultad. Yo tengo clases de recuperación ahora, pero creo que puedo llegar un poco tarde.

Así se conocieron mis padres. Luego de pasar la época de amigos, terminaron siendo enamorados el 14 de agosto del mismo año. Mi mamá tenía mucho miedo que su papá se enterara, ya que el es una persona muy disciplinada. No permitía que ninguna de sus hijas tuviera algún enamorado, ya que tenían que estar concentradas en el estudio. Por ello, la mejor amiga de mi mamá, se ofreció para hacer las de “enamorada encubierta”… para que mi abuelo no lo destroce a patadas.

Once años estuvieron de enamorados, en los cuales tuvieron sus altas y bajas. El hecho que ambos comenzaran a trabajar no hizo que perdieran las ganas de verse. Ni tampoco que mi papá cambiara su carrera a Contabilidad, que significaba estar en otra facultad, en otro distrito.

Para verse, mi padre la iba a recoger religiosamente a las nueve y media de la noche todos los días. La esperaba con ansias en la puerta de su facultad y la acompañaba hasta la puerta de su casa. Cuando ella se demoraba, tenían que correr por toda la avenida que llevaba hasta su casa, ya que a esa hora los buses dejaban de transitar. Si no corrían porque iban a llegar tarde, era porque mi mamá se había olvidado de ir al baño. ¡No se cuántas veces mi papá tuvo que prestarle a mi mamá sus chaquetas para ocultar sus “accidentes”!

Mi abuelo lo miraba con sus ojos fríos y duros como piedra.

- Buenas noches, joven – le ”rugía” mi abuelo.
- Buenas noches, señor. Vengo a dejar a su hija. – saludaba mi padre, con su voz serena y diplomática.
- Gracias.

Gracias expresadas con un sonoro portazo. Una vez lo hizo tan fuerte que se cayó el vidrio. El se quedaba esperando unos cincos minutos, hasta que mi mamá subía a su cuarto para, desde el balcón, despedirse de el.

Habiéndolo hecho, mi papá enrumbaba hacia el paradero, que quedaba a dos cuadras de la casa de mi mamá, donde un bus le esperaba para llevarlo. Eran casi las once y el conductor ya había terminado su turno.

- Buenas noches, joven. ¿Dejó a la señorita?
- Como la ley manda, señor. Gracias por esperarme.
- No es problema. Me hace recordar lo que yo hacía cuando mi señora vivía…

Y así, entre infinitas conversaciones, mi papá llegaba a su casa todos los días.

Todos los domingos, a las 8 de la noche, mi papá iba al teléfono público que quedaba en una bodega de la esquina de su casa, para llamarla y conversar… bajo la excusa de supuestos trabajos.

Ya entrados los años, mi abuelo aceptó a mi papá y permitió que salieran como enamorados los sábados al cine. Como ambos provienen de familias modestas, el poco dinero que tenían lo invertían en un sánguche, que lo partían en la mitad. Total, eso no era lo importante, sino el mero hecho de estar juntos. Quería comerle los labios. 

Eso era lo que esperaban día a día. Los “sabados”. Mi papá con la foto de ella grabada en su cabeza. Quería estar a su lado y ver cómo las hojas caían hasta volverse grises en el camino. Caminar con ella, escuchar su voz … y levantarla cuando se caía, cosa que ocurría frecuentemente, ya que mi mamá tiene tobillos delgados. Al principio se caía con ella, para evitar que se golpee fuertemente contra el pavimento. Luego aprendió, después de varios moretones, raspones y hasta una fractura, que mi mamá estaba acostumbrada y que no le dolía.

Cuando cumplieron los diez años de enamorados, era el momento de hacer avanzar la relación. Pero mi padre aún no estaba listo, ya que estaba en el mejor momento de su carrera y ésta ocupaba gran parte de su tiempo. Mi mamá estudiaba su segunda carrera, por lo que cada vez las salidas eran menos.

Así, hubieron meses en los que sólo sobrevivían las llamadas dominicales, que ocurrían sólo cuando mi papá estaba en Lima. Su trabajo lo hacía viajar mucho, entristeciendo a mi madre, quien ya pensaba en el matrimonio.

Es cierto lo que dicen por ahí: el tiempo y el olvido son como hermanos gemelos. Mi papá comenzó a poner su relación en un segundo plano. Y casi pierde a mi mamá.

Ella lloraba mientras le contaba lo que sentía a Carmen, su mejor amiga. Y ella, ni corta ni perezoza, enarbolando la bandera del amor, fue hasta el trabajo de mi papá para llamarle la atención por lo que estaba haciendo.

Fue en una noche, a principios de noviembre, que ambos pudieron salir a bailar, con motivo del cumpleaños de uno de mis tíos. Era la primera vez en tiempo que se divertían juntos. El tema, inevitablemente salió a la luz.

- Carmen fue a hablar conmigo al trabajo – le comentó.

Mi mamá se sorprendió, ya que se suponía que lo que le había contado era en confidencia.

- Yo también siento lo mismo. – dijo mientras le acariciaba el cabello – Te extraño mientras trabajo. Te extraño mientras viajo. Te extraño cuando no estoy contigo.

Ella se sonrojó, ya que no escuchaba sus palabras tan cálidas desde hace mucho tiempo.

- Siento haberte hecho llorar.

Y en aquel momento, cuando las luces de aquella discoteca se tornaron rojas, mi padre casualmentesintió el vientre de mi madre. Era yo, que daba mis primeros movimientos imperceptibles. Sorprendido, la miró a los ojos. Ella sonrió.

- ¿Lo sientes?
- Con mucha fuerza…

La tomó de la mano y le dió un beso.

- No me habías dicho que estabas embarazada.
- Era una sorpresa. Vamos a ser padres.

Ambos se fundieron en un abrazo que parecía eterno. Sus corazones latían juntos, sabiendo que el fruto de su amor los unía para siempre. El estaba feliz por la noticia y feliz porque había recordado el por qué ella era el gran amor de su vida: siempre supo esperarlo, comprenderlo y lo quería sin importar qué.

- Te amo, María.
- Y yo a tí, Justo.

Se acordaron de los versos de Neruda y Bécquer que se regalaban. Los libros de Julio Verne que leían juntos. Las corridas por la avenida en búsqueda de baño. Las llamadas dominicales. Las sorpresas ocasionales… las caídas aparatosas.

Le pidió la mano ahí mismo. En medio de todos sus amigos y familiares. Hincando la rodilla y todo, como la ley manda… espontáneamente. Sacó a relucir lo poeta que llevaba dentro y le juró amor eterno.

Y apenas terminó la frase, sonaron los siguientes versos de aquella canción, cuya letra clarividente los hizo sonreír e influyó en la respuesta de mi mamá… y que hasta ahora bailan juntos cada 28 de diciembre con la misma pasión:

“Yo me casé con una negra encantadora
Una negra dulce como la miel
Y como yo soy un negro color bomba
Nuestro producto salió negrito también.

Un negrito que midió veintiuna y media
Y pesó nueve con algo, casi diez…
Fue tan grande la alegría que sentí yo al ver
A ese niño que en mis brazos yo tomé.

Y le canté:

¿Donde vas, carbonerito?
¿Donde vas a hacer carbón?
A la viña ya, a la viña, ya
A la viña del señor.

A esa negra yo la quiero
con todo mi corazón.
Es la madre de mis hijos
Y la dueña de mi amor.

Ella tiene bemba grande
Y yo soy bien narizón…
Y así, feo, como somos
Nos tenemos mucho amor.

Ella me ha dado seis negritos
Y dos más quisiera yo
Para completar los ocho
Y cantarles la canción
Que dice así:

¿Donde vas, carbonerito?
¿Donde vas a hacer carbón?
A la viña ya, a la viña, ya
A la viña del señor.

Yo me casé con una negra encantadora
Una negra dulce y fina
Una negra de sabor

Ella me lava y me plancha
Me cocina el alimento
Por eso, yo canto y digo
¡Ay, que negra tengo!

Ya se ha formado el rumbón
Los negros siguen llegando
Y yo estoy necesitando
Más carbón para el fogón, que se apaga…”

Esa es mi historia, pobremente contada. Y, como otras tantas veces, lloro cuando cuento esta historia. Esa es la razón del nombre de este blog. Para mis padres, soy el “carbonerito” de la canción.

Nací tres meses después de su boda, midiendo un poco más de 35 cms, prematuro y pesando un poco más de dos kilos. Al año siguiente nació mi hermana Claudia y cinco años más tarde el último, Andrés.

Mi padre no llegó a los ocho, pero no se lamenta. Dice que, por un lado, no le hubiese alcanzado el dinero para mantener a tantos, pero que además fue una gran coincidencia que en ese preciso momento tocaran esa canción, que los describe perfectamente. Mi madre sonrié y le toma de la mano. Su mirada enamorada sigue intacta, a pesar que han pasado 22 años de casados y 33 de conocerse.

Por ello, al pedirme crear un nombre para este blog, no se me ocurre otro: “Carbonerito”… porque soy hijo de mi madre de bemba grande y mi padre narizón: el primero que sale a buscar más carbón para el fogón, para que evitar que se apague lo que representa la llama de su amor en esta viña del Señor.

Y este “carbonerito”, de tanto caminar por la viña, se hizo periodista.

Lo único que le pido a la vida es que me permitiera, con la chica de la foto, ser aunque sea la mitad de felices que son mis padres juntos.

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Author: Christian Manrique

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