La Guerra de la Cultura menciona a las Blogger Wars

No leo diarios en los fines de semana, por cuestiones de que se me sube la presión, hago hígado, me duele el corazón y me da jaqueca. Pero al parecer, si debo hacerlo, porque acaba de llegar a mis manos una columna de César Hildebrant publicada el pasado sábado en la que hace mención a las Blogger Wars, cuyo final épico se dió en este campo de batalla.
En ella, podemos ver un ataque sistemático de Hildebrandt a los ‘paradigmas’ y representantes de la cultura nacional a raíz de la devolución de los libros robados en la Guerra del Pacífico. Primero empieza con el presidente de la Biblioteca Nacional para luego pasar por los plagios de Alfredo Bryce y la parafernalia que se armó en los círculos literaros, para luego dar su estocada final a Gustavo Faverón – quien no tiene vela en este entierro – con lo siguiente:
Para no hablar de Gustavo Faverón, el joven prodigio de la crítica literaria, un hombre talentoso, sin duda, pero capaz de escribirle a un adversario intelectual el siguiente correo electrónico, fechado en febrero del 2006:
“¿Por qué tienes esa peculiar fijación con mi vida sexual, Payasito?
¿Todavía te queda el trauma de tu tirada callejera con un flete en la televisión?
¿Es ese rochecito el que te ha vuelto loco?…
Anda, pues, diviértete: si te levantas a algún otro muchachito que sea a puertas cerradas…”
Lo asombroso es que Faverón envió esas líneas indignas desde su cuenta de correos del Bowdoin College, la afamada institución universitaria de Maine donde prestaba servicios al momento de redactarlas.
Y lo increíble es que el adversario no había hablado para nada de la “vida sexual” sino de la “vida social” del señor Faverón. Todo indica que una intervención del inconsciente lo hizo enfurecer hasta mostrar la chaira lumpen que brilló más que su ingenio.
¿Estos son los embajadores de la cultura peruana?
¿Se acuerdan de ese correo? Si no se acuerdan, lean las Crónicas de Ocram y lo que se comentó aquí.
Sin embargo, vamos a ser los abogados del diablo e intentar ser más justos. Esas rencillas ya fueron y estamos en tiempos de paz.
El día 8 de noviembre, Gustavo Faverón hizo un comentario acerca de las columnas publicadas por César Hildebrandt y Abelardo Sánchez León el pasado miércoles en las que ambos coincidían que las clases emergentes en nuestra sociedad limeña causaban disgusto en las clases medias-altas ya establecidas, por sus costumbres y otra cosa. Veamos el comentario.
Para Hildebrandt, en efecto, hay indios, cholos y zambos que, nadando contra la corriente de su raza, alcanzan a ser admirables. Algunos de ellos se merecen incluso que Hildebrandt les dé la mano. Pero ocurre, además, que esos son los indios, los cholos y los zambos del pasado: “qué leguas y escombreras separan a esa gente ilustre, sin embargo, del Perú actual”, dice. O, en otras palabras: ya no hay indios ni cholos ni zambos admirables.
(…)
La gran diferencia entre el artículo de Balo y el de Hildebrandt radica en que el primero se siente seguro de escribir sobre un fenómeno social (evidente, por lo demás) sin ser tachado de racista, pero falla al no delimitar suficientemente cuál es el sector sobre el cuál escribe; mientras que el segundo, Hildebrandt, se mueve dentro de una matriz de pensamiento en la que cada individuo corresponde necesariamente a un tipo racial y es juzgado en función de cuán capaz es de superar las limitaciones de ese tipo. Se me dirá que Hildebrandt llega a aclarar que él no está hablando sobre “el color de la piel o el cantito del dejo”. En efecto: el racismo nada tiene que ver con el color de la piel. Que lo digan, por ejemplo, los judíos de Alemania o los palestinos de Israel.
Sinceramente, más allá de comparar las cosas y analizar un poco lo que está detrás de ambos columnistas, Faverón no hizo nada. Sin embargo, al parecer eso no le gustó a Hildebrant y siendo tan higadillo como siempre se mandó a la investigación y llegó al dichoso correo emitido por Favi a uno de los integrantes de la Fellowship.
Para mi es un golpe bajo, ya que atenta contra lo que dijo en la conferencia de Periodismo y Responsabilidad Social que dictó en la PUCP, enl a cual decía que un periodista tiene que deberse a su público y no mandarse en balde sin antes presentar pruebas.
Claro que la idea de Hildebrandt hablando de responsabilidad social es risible, pero al parecer a los nóveles estudiantes de periodismo aún es una figura de referencia.
No pensé que alguna vez diría esto, pero Favi no hizo nada esta vez. Además, no entiendo cómo Hildebrant llega de la Guerra del Pacífico a las Blogger Wars, pasando por la Biblioteca Nacional y Alfredo Bryce. Si habla de los representantes de la cultura peruana, pues ni el es quién para decir quienes son los que deberían ser llamados como tales, porque Faverón es un crítico literario que ha escrito libros como tantos otros más. Además, hace hincapié en el hecho que sólo son representantes aquellos que son literatos. No se pasen pues.
Al parecer, después de todo esto, Faverón aprendió de sus errores y no le respondió a Hildebrandt. Quizá porque no lo ha leído, debido a que La Primera no es un diario tan grande que digamos y si no fuera porque el Chato es accionista y escribe ahí, sería tan igual como El Sol de Oro. Quizá eso también ofendió a Hildebrant, porque la crítica se centra más en lo escrito por Balo, quien publica en El Comercio.
No entiendo. Una guerra de la cultura que hace mención a una simple discusión deontológica sobre los blogs. No se pasen pues. No es por desmerecernos, pero el argumento de Hildebrant fue de poco hombre… de alguien ‘pequeño’.
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