La reunión que nos falta este año…

La amistad entre hombres no es tan distinta, salvo que muchos piensan que es una retahíla de demostraciones de macho-wacho. En mi caso, un cachito con dos botellas de ron y harto cigarro un sábado al mes es el motivo por el cual me reúno con seis compañeros de colegio. Para que te hagas una idea, es como un comercial de sprite: un negro, un gordo, un extranjero, un romántico, un pendejo y un gay.
Nuestras reuniones son usualmente en la casa del Negro, que estudia derecho en la San Martín. En la puerta de su departamento lo esperamos el Romántico y yo – el Gordo -. La hora pactada: 10 p.m y nosotros somos hiperpuntuales. Incluso más que el dueño de casa, quien llega media hora tarde como siempre, porque antes de reunirse con nosotros debe cumplir los deberes sagrados y quemar el último cartucho de la noche con su señora.
Mientras esperamos que acabe la faena, el Romántico me cuenta sus últimas peripecias: en la última edición me estuvo contando cómo intenta convencer a una chica de la U de Lima que es buenísimo en el ring de las cuatro perillas. Estamos en esas cuando a lo lejos escucho una voz seria que grita: “Y ese ¿quién es?” Y yo le respondo, entre otros versos: “Aquel gallo al que le gusta que le pongan el huevo de oro”. Es el Gay, quien salió del closet hace casi un año en estas reuniones.
“¿Ya llegó el Negro?”, pregunta. “Está quemando su último cartucho”. Pone una cara de asco. “Aj”.
Preparados los bocaditos, esperamos que llegue el Pendejo y el Extranjero con los juegos deportivos. Entre todos hemos adquirido un precioso maletín plateado que contiene un set profesional de poker, cachito, seis vasos y la foto de nuestras actuales enamoradas o aguirres: para ver cuánto hemos progresado.
Apenas llega el Pendejo, saca el sable y nos saluda con frases como esta, dirigidas a los ‘comprometidos’: “Ah, ustedes, pobres plebeyos que sólo comen lomo saltado en este buffet que nos ha preparado Dios… menos tu – señalando al gay – que comes sólo hot dog”.
Empezados los ataques, puedes imaginarte a un grupo de niños de cinco años jugando. Sólo pones a cada uno una barba tupida, un sobrero de copa, un bastón, un terno fichazo, entre otras cosas. Ahí estamos. Esos somos. Nos reímos de los mismos chistes y viendo si andando por este jardín hemos olido la misma flor en tiempos diferentes. “Salud, mi hermano, que eso lo aprendió conmigo”.
Luego de los primeras rondas de cachito, diez soles a la mesa para 100 en fichas. Empieza la tima. “Súbele a Matallana, Negro”, le grito y el romántico, ya pasado de copas, llora. Ahí el Extranjero, que es todo un tech, saca su blackberry y comienza a grabar la sesión, ya que en algún momento el Romántico se mandará con una guasada de tal tamaño como sus primeras frases de conquista. “Me gustan tus ojos: se parecen a los de mi perro” o haciendo referencia a la dependencia que tenemos por la cueva femenina del placer. “Ah, soy inmune al hechizo de ese hoyo”, musita el gay en un suspiro bastante varonil. Entrado en tragos puedo responder cosas como “¡A qué hoyo te has aficionado, mi hermano!”
A las tres de la mañana: hora del canto en el balcón. Sacamos los implementos musicales: un cajón de fruta, una guitarra que usualmente le falta una cuerda y a cantar valses que hacen llorar más al Pendejo que al Romántico. El Gay canta en voz en cuello “Ese secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá” y en ese momento, de la risa por los gallos, me caigo y mi bastón sale volando por los cielos. Si no rompo una luna, por lo menos le cae a un gato.
Sables van, sables vienen y el trago se nos sube a la cabeza. Es hora de cantar “Cuando fuimos los mejores” de los Trogloditas. Amigos de la universidad nos dicen a cada rato “’uta que pense que tenias 27 ‘on” que ya nos la creímos. A las cinco ya es la hora de pagar tributo al ídolo de porcelana o en su defecto sacarnos la fotografía de rigor. En la última reunión fue un barco pirata. Ya te imaginas cómo fue eso.
Después nos tiramos en el piso todos juntos, recostados entre nosotros. “No te vayas a hacer la idea pe (censurado)”. Es la hora de los chistes rojos, sexistas para todos. Más nos dan risa los feministas. Hablamos de cómo nos joden cuando vemos un partido de futbol -“mi flaca siempre me llama en plena situación de peligro del cristal” – y porque preferimos salir entre nosotros que salir con ellas: porque delante de ellas no podemos ser aquellos mismos niños que empezamos el colegio hace 17 años. Aquellos que aun se joden con los mismos apodos con los que salieron del colegio y que se rien de los mismos chistes.
Al salir a la calle nos jode el sol o el frio, sea la epoca del año. Nos embarcamos en un taxi y hacemos ruta. Dejamos al Pendejo en calidad de paquete en la puerta de su casa con una nota que dice quien tiene que cosa que se cayo de su bolsillo. me acompañan a la panaderia a comprar pan calientito y dos tarros de leche, porque si no no me reciben en mi casa. El problema es que siempre llego cantando cualquier cancion, entre ellas el himno nacional.
Me aventuraria a decir que en eso no somos tan distintos. Total, debemos disfrutar mientras estemos todos juntos, ya todos – menos yo – terminaran su carrera el proximo año y se iran del pais.
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